10 May 2018

Mayo es especial para mí,  no porque me guío por los días y ocasiones que comercialmente nos meten en la cabeza que hay que celebrar, no, sino porque el Día de la Madre era uno de los días que más me gozaba a mis tres pequeños y el esfuerzo que hacían por preparar regalos y presentaciones para Mami.

No me gusta la polémica, pero prefiero llamar Madres Sin Pareja a esas madres que han quedado responsables de la educación de sus hijos porque el Padre se ausentó. La razón de esta ausencia, no viene al caso ahora, que se quede en el pasado, pues hoy no merece la pena darle vueltas a la cabeza; la realidad es que no está, y eso es lo que hay que aceptar.

Yo no soy Madre Soltera, pues estaba casada cuando nacieron mis hijos, lo mismo que una Madre que se queda viuda, no me atrevería a llamarle Madre Soltera, son para mí, Madres sin Pareja.

He cuidado a mis hijos, como debe ser, siendo responsable de todo, desde su corta edad. A los 27 años decidí que tenía que estudiar para asegurarme que pudiera sacarlos adelante, y a esa edad entré a la universidad a estudiar Economía. Recuerdo que mis compañeros me apodaban “la mamá”. Siempre he trabajado para mantener mi hogar. Esa es la versión corta, simple.

El otro lado de la historia, es lo que se vive detrás. Lo que casi nadie entiende, aunque digan lo contrario.

Las Madres Sin Pareja llevamos una carga permanente, igual que las demás madres, pero no tenemos con quien compartir el peso.

La responsabilidad de hacer de nuestros hijos hombres y mujeres de bien, cae bajo nuestros hombros y ese peso literalmente se siente.

Luchar con el presupuesto mensual es sólo una de las batallas; el día a día es extenuante.

Correr desde primeras horas de la mañana, es el diario vivir. Las loncheras, los uniformes, los deberes, todo listo, levántense niños, a desayunar, vamos que el tráfico se pone duro… ¡VAMOS!—El día apenas comienza, son las 6:00 a.m.

Corre del colegio a la oficina… ¡Adiós hijitos pórtense bien, los amo, nos vemos en la tarde!

Terminando el maquillaje en el camino y revisando en la cabeza las lista de pendientes, un respiro y un pequeño sentimiento de melancolía aparece—siempre por algo, siempre por alguien…evita sentir y sigue su camino.

Ya en la oficina, comienza a hacer su trabajo, a cumplir sus tareas, deja a un lado sus pensamientos domésticos para convertirse en la mujer profesional que es; para cumplir los objetivos, para lograr las metas, sabiendo que meta ulterior es sacar a sus pequeños adelante.

De pronto, ve su agenda, lo recuerda, Uff hoy entregan notas a las 12.

Había pedido permiso a su jefe desde la semana anterior. Piensa en los colegios que ahora quieren a los padres más involucrados, y en su afán, pasan organizando diez mil actividades a los que ella quisiera ir, pero,  deberá discriminar según la importancia ya que es imposible estar pidiendo tanto permiso.

Aprieta los labios y piensa, “en mi época sólo venía mi mami al colegio el día de la Madre y en la clausura del año” uhm.

El día continúa, corre en el tráfico para llegar a la entrega de notas, con suerte han salido bien los chiquitos.

Boletas en mano, niños detrás con loncheras y mochilas y móvil con veinte mensajes de cosas por resolver. Vuelve a su lucha con el tráfico, y apenas comienza la tarde.

De vuelta a la oficina, algunos compañeros la ven con cara de apúrate con los pendientes.

Abre su computadora, se reincorpora a su “modo profesional” y sigue adelante…

Suena el móvil, el niño jugando se cayó, no para de llorar, se golpeó la boca y está sangrando… Recoge sus cosas, explica al jefe, regresa al tráfico, llamada al doctor, a resolver la emergencia. Son las 4:30 pm.

Regresa a la casa, ya no hay tiempo de volver a la oficina, después de acariciar a su niño “remendado de su boquita” y poner los demás a hacer deberes, se conecta en su computadora y ponerse al día. Atrás se escucha: mami no me gusta la cena, pide pizza por favor, hoy sacamos buenas notas, ¿sí?

Finalmente llega la hora de dormir, después de revisar deberes, dientes y poner en la cama a los pequeños, puede irse al mejor lugar del mundo—su cama.

Ya en el silencio de la noche, después de ponerse al día con “los pendientes”, se enfrenta a su realidad, su soledad, su responsabilidad, sus miedos.

Sí porque eso ha sido lo más difícil, vencer sus miedos o por lo menos invitarlos a acompañarla en su día a día.

Se da permiso a sentir, cinco minutos, antes que la angustia y el agobio se aparezcan, pone su programa favorito con los ojos medio abiertos y duerme extenuada, esperando que al siguiente día no se aparezca ningún imprevisto que le destroce el presupuesto, rutina y horario.

Son las 10:00 PM.

Así transcurre el día de esta súper mujer, esa que todos conocemos y que en este mes celebramos. Esa mujer que su único afán es sacar a sus pequeños adelante.

Admiro a todas aquellas Madres sin Pareja, que tienen que ser malabaristas diarias, pero ahora, con la fuerza de mis años les digo, el esfuerzo paga, los hijos crecen, se multiplican y son la mejor recompensa.

¡Ánimo, lo están haciendo bien!

Sólo permítanme decirles una cosa más, es válido sentir, llorar, no ser perfecta, no tener el hogar perfecto; nadie lo tiene, por más que les quieran vender lo contrario; no compren la superficialidad de un foto.

No les aconsejo sedar sus emociones, por nada. Al contrario, enfréntenlas y manéjenlas.

Yo pasé sedada por muchos años, negándome a sentir el dolor de sentirme abrumada por tanto y anestesiándolo con el corre-corre de cada día. No lo hagan por favor, eso sí pasa factura.

Busquen amigas, desahóguense, olvídense de la opinión de los demás e ignoren las críticas. Esfuércense por ser felices más que por ser perfectas y sobre todo PERDÓNENSE y VALORENSE. Todo esto demuestra que son más fuertes de lo que nadie imaginó, incluso ustedes mismas.

Ahora somos muchas en estas circunstancias, en mi época éramos muchas menos. No están solas, y van a salir, siempre lo han hecho.

¡Feliz día, mes y año CAMPEONAS!